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23 de noviembre de 2014

La Barqueta en 1855





Año 1855.

Las continuas lluvias desbordaron el Guadalquivir y, una vez más, la vieja muralla almohade se ha convertido en el último bastión de Sevilla antes de que se aneguen sus calles.

Con casi mil años a cuestas, los tiempos han cambiado y poco pueden hacer ahora los gruesos muros de argamasa y tapial frente al poder destructivo de las armas modernas, por lo que su función se ha reducido a contener las aguas embravecidas durante las riadas


Tras la silueta de esbeltas almenas jalonadas por pequeños torreones en una progresión aritmética perfecta, asoman las chimeneas de fábricas y el campanario del Monasterio de San Clemente. Al fondo, se esboza la Puerta de la Barqueta.
Así lo vio el fotógrafo Louis Leon Masson, fascinado por la belleza decadente de la capital hispalense, y así lo reflejaría en una imagen que se ha convertido en un documento fundamental, ya que poco tiempo después ese lienzo de muralla sería derribado en su totalidad.
En nombre de la modernidad y el progreso llegaba el tren y con él otro muro, en este caso de hierro y acero, que ceñiría los costados de la ciudad antigua hasta hace pocas décadas. 




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